APROXIMACION AL ARTE BELENISTICO Y SU SIGNIFICACION POPULAR

EN los profundísimos cambios que el mundo ha experimentado en lo que va transcurrido de siglo, muy pocas tradiciones han permanecido incólumes. Las fiestas navideñas afortunadamente son unas de esas pocas que se siguen practicando con la misma ilusión colectiva y con la misma aceptación voluntaria a todos los niveles sociales y culturales. Hay que reconocer y aceptar como un hecho general que la Navidad, hoy día, constituye una verdadera institución sociológica y económico-artística, cuyo alcance desborda con creces el campo de los propios sentimientos y creencias espirituales, para llegar a ser un conjunto de costumbres diversas, admitidas colectivamente, con general agrado y complacencia, hasta por los que no comparten las propias motivaciones religiosas de donde específicamente proceden.

Sabemos que la iniciación de estas tradiciones navideñas, tal y como las seguimos practicando, tienen una fecha y un inventor. Fue el "polvorello" de Asís, al que después se le conocería con el nombre de San Francisco de Asís (1182-1226), a quien se le ocurrió la feliz idea de rememorar la Natividad en la manera que aún perdura. Fue quince días antes de la Navidad del año 1223. Lo que sucedió entonces ha quedado minuciosamente narrado por uno de los biógrafos del santo, contemporáneo del reformador religioso, Tomás de Celano. Este biógrafo cuenta la conversación de Francisco con un amigo suyo:

"Si deseas que celebremos en Greccio la próxima fiesta del natalicio divino, adelántate y prepara con diligencia lo que voy a indicarte. Para hacer memoria con mayor naturalidad de aquel Divino Niño y de las incomodidades que sufri(i al ser reclinado eh un pesebre y puesto sobre la húmeda paja, ¡unto a un buey y un asno, quisiera hacerme de ello cargo de una manera palpable y como si lo presenciara con mis propios ojos."

Todo se hizo como San Francisco quería y en las afueras de la ciudad toscana mencionada se dispuso el pesebre con una imagen de un recién nacido junto a dos animales vivos. Fue el propio Francisco el que celebró allí la misa navideña en aquel "nacimiento vivi?nte". Y fue así como nació la costumbre que en el transcurso de los siglos se amplió y adaptó a los tiempos, pero que permanece igual en lo esencial. Y para hacer memoria con mayor naturalidad se comenzaron a instalar en las iglesias, conventos y en el seno de las familias, esos populares "belenes", "nacimientos", "pesebres", "portales", "presepi", cuya referencia histórica más antigua data del "presepio" en mármol de Arnolfo di

Cambio que se conserva en la Capilla SixtINA de la Basílica de Santa María Maggiore en Roma, y que puede fecharse alrededor de 1289.

Desde esa fecha, el arte cristiano no ha dejado de interpretar la Natividad en todos los estilos artísticos que se han ido sucediendo en el transcurso de los siglos. Todos los artistas, hasta la llegada de la Reforma, pintaron o esculpieron alguna obra relativa a la Natividad, al ser uno de los motivos evangélicos que más han servido de inspiración. Así desde los grandes maestros, los llamados "príncipes del arte", hasta los más humildes artesanos han interpretado con ilusión el tema del "Belén", buscando en su representación la más sincera y profunda verdad de fe religiosa.

Paralelamente, en todo tiempo y lugar el Arte Popular ha ido creando sus propias versiones, unas veces siguiendo más o menos de cerca los llamados "nacimientos artísticos" y otras logrando auténticas novedades, que nada tenían que ver con los modelos cultos. Portugal, Alemania, Italia, Suecia y España, en Europa; México, Perú, Colombia, Argentina y Ecuador, en América; Japón, Filipinas y China, en Asia; y numerosos países del continente africano nos ofrecen una variedad asombrosa de soluciones para unas mtay pocas escenas de todos

Huída a Egipto, pintura "naif" sobre cristal. Carmen Ramírez.

conocidas. Diversidad de materiales también desde la paja de centeno al corcho, desde el barro policromado a la miga de pan, desde la hoja de lata al vidrio, desde papel modelado a la rafia tejida, desde la madera tallada a la platilla y desde la galleta de jengibre a la pintura sobre lienzo, o las lanas pegadas sobre láminas de madera. Con cualquier cosa puede hacer arte el pueblo porque cuenta con un motor incansable e inagotable: su profundo amor, y su dedicación desinteresada al ofrecer la mejor lección del Belén: la más sencilla enseñanza de la humildad y de la grandeza.

Todo el arte popular navideño que se presenta en esta heterogénea exposición es arte popular vivo. No se muestra ninguna arqueología costumbrista sino algo que aún alienta entre nosotros, por su acendrado costumbrismo y transparencia popular. Un arte hecho en "estado de gracia", un arte sencillo y directo que no se plantea problemas de permanencia eternal. Al Arte Popular le basta con realizar todo aquello que le impresiona momentáneamente, todo aquello que permanece en el recuerdo del artista, pudiendo seguir interpretando las escenas navideñas sin importarles si están de moda o no, al buscar tan solo con su belén infantil y doméstico, la más honda y sincera espiritualidad de la fiesta sin par. Por ello el Arte Popular es de una libertad absoluta porque no se encuentra condicionado por ningún determinante (norma estética y principio iconográfico), al ser el "único arte" que se permite hacer en sumo grado lo que le viene en gana.

El Arte Popular navideño es tan extenso, tan diverso, tan graciosamente disparatado en la mayoría de los casos, tan increíblemente fantástico, tan elemental, tan poético, tan "loco", tan entrañable y sincero, tan verdaderamente religioso, y tan sorprendente siempre, que sólo intentar catalogarlo y censarlo exhaustivamente en todo el mundo sería una tarea casi inagotable. En esta exposición del Museo Diocesano de Arte Sacro, montada con modestas pretensiones, se puede apreciar una pequeña muestra de la riqueza inagotable del arte popular, junto a otras muestras del "arte belenístico oficial", más ajustado este último a las normas de un estilo epocal, frente a la atemporalidad e independencia estilística del primero.

Por ello el pueblo continúa haciendo arte navideño, cuando las "élites" artísticas hace tiempo que dejaron de hacerlo, y lo sigue haciendo en la mayoría de los países del mundo, incluso en los que no son cristianos como Nigeria, Japón o la India, por citar alguno de ellos. O en países en los que el Cristianismo no cuenta con el "favor oficial", como Polonia, Checoslovaquia, Hungría, etc., etc. Y todo ello porque no es fácil arrancar raíces que han tardado muchos siglos en arraigar. El pueblo ti-2ne una memoria obstinada y tenaz y lo que verdaderamente cala en su entraña es difícil posteriormente que pueda ser desechado. Es el pueblo, generalmente no instruido ni preparado el que realiza dicha manifes-

Adoración de (os Reyes, figuras talladas en madera de olivo, color natural. Palestina.

tación artística, guiado por su intuición, su amor y su incontenible deseo creativo. Es el pueblo el que realiza esos primores partiendo desde la condición menos afín al artista: la humildad, y sin pretender más gratificación inmediata que su propia satisfacción ante la obra hecha.

Por ello el Nacimiento, con todo lo que comporta de sincera sensibilidad y espontánea ternura, ocupa un lugar destacadísimo en el campo de las tradiciones populares. Se ha dicho y con razón que la Navidad es un festival de sentimientos, compartidos a niveles familiares y sociales a los que nadie permanece inmune. El niño pasa algunos años pensando ser adulto, pero pasará muchos más recordando y tal vez añorando esa especie de "paraíso perdido" de la infancia. Por ello la Navidad es la infancia de muchas cosas del mundo, en donde estriba su general aceptación y la gustosa entrega a que nos predispone.

Los que hayan perdido toda posibilidad de infancia que no se acerquen al Arte Popular, no lo comprenderían. Aunque parezca mentira que pueda seguir existiendo en este mundo mecanizado y destructor, el Arte Popular es y seguirá siendo la más palpable prueba de aquellos que creen que en el mundo aún no ha desaparecido la bondad del Todopoderoso.

AGUSTIN CLAVIJO GARCIA Director del Museo Diocesano

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