SEIS CLAVES DEL ARTE EN MALAGA
Galería de Arte NOVA
Exposición realizada el día 2 de Octubre de 1992
Ahora mismo, modélico escultor si se piensa en que estas palabras sobre su persona y su obra necesariamente breves que así lo pide el guión se han escrito cuando aún tintinea el éxito grande del acontecimiento mundial que ha sido la XXV olimpiada de la era moderna: Barcelona 92.
Artífice de bellos torsos desnudos de hipotético legionario romano, efectivo atleta que la fuerza inteligente sintetiza y simboliza. También, su temática es diversa, de amplia cosmogonía vítalista. Lo dicho, universal. Hay espacio en esa oferta también, para el Arcinboldo, verbi gratia
Miguel Ortiz de Berrocal es como un Cristóbal Colón de las bellas artes que surca mundos antes tenidos por tenebrosos pero que él desacraliza. Se asiste, para hacerlo, de la mejor técnica: la que practica el que, a la genialidad, añade ingenio. Es un astro, malagueño es.
Pero especie de Leonardo, Miguel Ángel, alguno de los grandes capaz es de hacer lo inverso con auxilio del mágico espejo trucado. Resulta así el desmenuzamiento del misterio, secreto a revelar que precisa de clave o código berrocaliano para llegar al meollo. Para que aflore el romano. 0 el Arcínboldo.
Así nos llega ahora una muestra de la obra del gran artista que debe
anticipar ese Museo que en su gran patria chica, Villanueva de Algaidas preparan, con amor, los suyos. Cuando se inaugure, será día memorable. De momento, su presencia en Nova es primer destello de una estrella, un sol: Berrocal.
Se ha ganado un puesto en el espacio en el que se gestara, desde hace milenios, el alma mediterránea. Su pintura es de todo y, además, clásica. No ya porque represente un mundo norTnalizado sino por la perfección con la que sale cada cuadro de las manos del artista. Lo dicho, un clásico.
Por serlo en prefundid con certeza es esa la clave, es también un pintor nítidamente andaluz. Lo escribió con precisión en ABC de Madrid, en 1974, Miguel FernándezBraso: "..quizá sea el pintor en el que la huella andaluza se hace más notoria, más misteriosa, más plagada de unción y paganía". Entonces la pintura de Paco Hernández alcanza otra dimensión de lo bien hecho porque, al ser ampliamente didáctica, se muta en hecho cultural, mejor acontecimiento cultural. En sus lienzos está aquietada la sabiduría y de ella, valdría escribírla con mayúscula, la clásica.
Es tanto como referirse a Roma y al Renacimiento, a Grecía y Flandes. También a Cartago, Gades, Malaca por supuesto. Son los mundos que evocan su pintura donde personajes infantiles, en su seriedad asombrosa y asombrada sólidos vigías del más allá y el más acá, susurran la armonía, el ritmo, el arte.
También Cervantes. El artista decoró y vistió, por los años sesenta y para el madríteño Teatro Español, la "Numancia" del creador del "Quijote". Lo clásico, incluso lo patriarcal, acota su definición. Está en su raíz. Es el estilo, el signo y sello. El santo y seña de Francisco Hernández.
, 1
Lo determinante en la obra escultórica de Elena Alvarez Laverón es su enfoque previo. Se podría decir, su diseño mental precedente a todo esfuerzo creatívo. Consiste permítasenos tomar unas palabras prestadas, en este caso de Antonio Aróstegui en "su necesidad real y perentoria de expresarse. Quiere decir lo anterior que Laverón actúa, hace escultura, sólo cuando crea.
Crear le es esencial porque sólo lo que supone un esfuerzo creador le mueve, le inspira y determina su trabajo. A la vez, esta tensión creativa canaliza deforma ordenada y armoniosa todo ese esfuerzo que dará como resultado una de sus maravillosas obras, hechas sin que muestren, facíalmente, esa tensión creativa que les ha dado vida.
Por esta singularidad de su trabajo solamente hace cuando sabe que es el momento adecuado su obra sale de sus manos absolutamente consumada
por ello no es preciso para la atención en detalles que dicta para otros la moda o que obliga, para todos, la técnica. Son circunstancias, por válidas que parezcan, perecederas. Se incardinan a la obra deforma veladamente adjetivada.
La sustantividad única para el artista la conforma, como ocurre en Elena Laverón, su capacidad para crear, es decir, para dar a conocer un mundo nuevo o que sí no lo fuere, se presenta en forma absolutamente personal porque quien lo produce tiene una personalidad tan cristalizada y pujante que ha encontrado su propio lenguaje en arte, en la díficil modalidad de la escultura.
Consecuencia directamente proporcional de todo este mundo sugeridor que provoca la decisión de Laverón de crear una síntesis de ordenación de gran validez estética que del realismo, a voluntad, transita con señorío hacia la abstracción, es que figuren piezas de Elena en las mejores estancias mundiales del arte. Por ejemplo puede ser buena señal de despedida de esta nota en el Museo Guggenheim. En Nueva York, una de las Mecas del Arte. En este caso con letra capitular, con indiscutible mayúscula, porque se reftere y deforma sustantiva a Elena Alvarez Laverón. Una gran artista.
Le va que ni pintada la adjetivación sencilla que una vez le dispensara Antonio Cobos desde las páginas del madrileño diario "YA". De el dijera que se le hacía "recoleto y huidizo". Bien dicho queda. Añadía que el gran artista malagueño laboraba "quedamente y sin estruendo".
Después se ha dicho de él que está en posesión de una cabeza papíniana y que sufaz se tiñe de arreboles. Se enciende y se ilumina con próximo control pues no es remoto con algunas de esas perfectas mezcolanzas con las que Manuel trabaja, labora, incluso laborea sus cuadros. Con ciencia y tino.
Puestos a comparar, más que a Papin~ parece recordar a Dámaso. De Alonso, don Dámaso, se dijo que era con él la elegancia quien entraba en la Academia. De Mingorance, don Manuel, así se debe decir, si se habla de pintura. Elegancia, en especial, de espíritu, es decir, la auténtica
Es artista a perpetuidad por ser creador de su propio sistema equivalente de signos y materiales. Investigador sabio y tenaz, capaz es deponer pigmento en matraz por diez años, tal vez por más, para después andar precavido al emplearlo. Es el debido y merecido respeto a su obra que él debe iniciar.
Estamos ante una gran píntura. La hace desde la más certera intimidad un artista que ha traspasado ya tantas fronteras que ha sido capaz de inventar máquinas para pintar y dibujar. Pero a él te basta, a todos nos enorgullece, en especial en Málaga, pintar como quien es: Manuel Mingorance Acién.
Poeta en piedra, es capaz de sacar expresión formal al granito, al basalto, al mármol carrareño. Lo ha hecho en pequeño y gran formato y monumentos suyos están por doquier repartidos para dar cuenta que se trata de un gran escultor. A la clásica usanza, al mejor modo.
Alma candorosa y grande la suya, como lo suele ser la del artista, ha dejado que su espíritu, pleno de nobleza y de inmateriales blasones, coloree sus piezas con algo mejor que el cromatismo al uso. Lo que impregna la super~ de su obra es como la pátina del tiempo: contraste de calidad.
Leticia es nombre latino o clásico de la emoción que embarga conocerte: en sí y en sus trabajos porque es persona alegre, comunicativamente humano. Sabe traspasar, por ello, con tino, la linde que, engañosa, lleva al aislamiento de las gentes. Es alegre su obra, animosa y vivificadora. De formas y belleza, plena.
Malagueño, el escultor Palma Burgos es de estirpe de creadores. El arte, familiarmente, desde esa malagueña cuna le entorna y mece... Después recorrió mundo para habitar, ahora, en la capital del reino, en el punto exacto que, por su universalidad, le corresponde: el Parque de las Naciones. De José María todo se debe creer.
A resultas de lo dicho, extrapola las formas que descubren sólo los artistas. El lo es clásico: al tratar la forma y en su técnica. Figuratívo por tradición y escuela, imaginero, además, por la misma razón. Todo bondad en lo humano, su obra está en la cima. Merece la "palma" y la corona.